¡Neveras ecológicas! Una propuesta que nos beneficia

Actualizado: abr 17

Pensar solamente en adquirir una nevera que simplemente me ayude a ahorrar energía, es pensar solo en nuestra persona y nuestro bolsillo, pero no es pensar en nuestro medio ambiente y ecosistema, ese lugar donde vivimos y habitamos, aquél territorio que muchas veces te emocionas en querer visitar para ver su esplendor, aquél ambiente en el que tus hijos juegan y van a crecer, pero que con el tiempo, desaparecería o sería difícil de habitar si no se trabaja para evitar consecuencias fatales.


Es por ello, que cada vez que pienses en comprar un electrodoméstico, piensa en el impacto ambiental que se genera al comprar tal utilidad: que sea ecológico por su fabricación y con tecnología que ayuda a disminuir el consumo energético y, en algunos, casos de agua.


Actualmente, existen electrodomésticos que tienen como referencia la ecología. Desde hace muchos años se ha venido implementando y promoviendo productos ecológicos. Últimamente se ha visto un gran avance de esta campaña sobre el tema de las neveras que ofrecen opciones para disminuir o erradicar el daño al ecosistema y medio ambiente.

Estas opciones no sólo tienen que ver con la propuesta para el ahorro de energía, sino también, con los materiales del electrodoméstico que llevan un proceso de fabricación y, en dicho proceso, muchas veces se utilizan productos que provocan gran impacto a nuestro ambiente. Los insumos para el funcionamiento del refrigerador es un aspecto más que influye en el ecosistema.

No obstante, prosigamos con el primer recurso necesario para el funcionamiento de la nevera: El gas o líquido refrigerante.


El gas o líquido refrigerante.

Las neveras, para su proceso de enfriamiento, contienen un frigorífico que es un sistema conformado por una tubería en forma de dos serpientes, por donde se condensa y se evapora un fluido mediante unos aparatos llamados compresor y válvula de expansión.


Es por este sistema donde circula el gas o líquido refrigerante siendo el responsable de absorber el calor del frigorífico y de expulsarlo hacia afuera.

Antes de 1997 el gas que se usaba como sustancia refrigerante era el gas clorofluorocarbono, conocido como gas CFC. Sin embargo, este tipo de gas resultó ser un compuesto químico destructor de la capa de ozono.


Por esa razón, los fabricantes de los productos que funcionaban con este tipo de gas, optaron por cambiar su composición y, es así, como comenzaron a usar el gas HFC, logrando recuperar al menos 4.000 kilómetros de superficie de la capa de ozono.

El gas HFC que, como su nombre lo indica, está compuesto por Hidrógeno (H), Flúor (F) y Carbono (C), al no contener Cloro, no se considera como un problema para la capa de ozono. No obstante, estos compuestos resultaron ser 4.000 veces más potentes que el Dióxido de Carbono, según una investigación de la Agencia de Evaluación Ambiental de Holanda publicado en 2009.


Lo bueno del gas HFC es que pueden servir como sustituto de los gases CFC y HCFC (éste último es Hidroclorofluorocarbono, que fue una alternativa provisional, menos dañina que el CFC, mientras se producía el sustituto HFC). Por otro lado, a pesar de su potencia para producir efecto invernadero, este refrigerante no es inflamable, considerándolo, desde esa perspectiva, como un gas con cierto nivel de seguridad, pues también, su perfil de toxicidad es favorable. Los refrigerantes HFC más comunes son: R134a, R-404A, R410A, R-125, R-32.

Dándole frente a los anteriores gases que, de alguna u otra forma, generan impacto ambiental negativo, resultó una cuarta generación de gases. Se trata de los HFO (Hidrofluoroolefinas) que suponen una alternativa más inofensiva para el medio ambiente, pues tiene un comportamiento muy similar a los fluidos HFC pero con bajos valores de potencial de calentamiento Atmosférico (PCA).


No obstante, en algunos casos, no son muy satisfactorios por sí solas debido a temas de seguridad y capacidad frigorífica. Además, estos gases son inflamables. Aun así, podemos encontrar muchas ventajas como, por ejemplo, su descomposición en la atmósfera que tarda 11 días, a diferencia de la HFC (más exactamente) el R134a) que tarda hasta 13 años en descomponerse. El CFC podría permanecer en la atmósfera entre 50 años.